viernes, 19 de febrero de 2010
Sur le sable blanc d'ivoire, une fille pâle traîne ses pieds. Elle marche à côté d'un soleil enfantin, en sifflant au vent qui l'embrasse et en chantonnant la chanson de la mer. Elle porte à la main ses chaussures usées, et sur ses épaules le poids de cent ans de souffrances et de cris. Sur la plage, elle dessine des empreintes de sang que les vagues effacent, complices d'un crime oublié. Ses yeux vitrés fixent, implacables, une liberté trop lointaine, sa bouche meurtrie cache des phrases amères au goût de citron, et dans sa tête défilent des images noires d'horreur. Dans son cœur, désormais, il ne reste plus que des courants d'air... Elle n'est pas d'ici, elle n'est pas de là-bas, elle est de partout et de nulle part. C'est un être étrange et fragile né de tout ce qu'engendre le monde. Aujourd'hui elle ne sait plus où elle va, elle ne veut plus savoir d'où elle vient. Elle sait seulement qu'elle n'a plus peur, qu'elle n'a plus froid. Que le passé s'efface à chaque pas, qu'il devient plus petit à chaque grondement de la mer. L'image paisible qui s'étend devant elle, lave les tâches incrustées dans son crâne et gravées dans ses yeux. Enfin, la liberté est si près! Finalement, elle sera libre. Mais à quel prix... Au prix de mille coups de bâton, de mille blessures, de milles bleus tatoués sur sa peaux. Au prix de trois millions de larmes enflammées qui s'éteignent aujourd'hui dans la mer. Des braises que les vagues emportent à tout jamais. Elle s'arrête, se tourne et se fige. Elle contemple l'immensité de cette toile bleu, des rayons d'or qui transpercent les nuages. Elle respire l'haleine salée du vent et sent l'eau froide qui grimpe sur ses chevilles. À petits pas l'océan l'accueille, la berce, l'inonde. Sur le sable blanc d'ivoire, une fille exilée de la terre se jette dans la mer.
Y se nos pasaron volando días de ensueño, tardes de risa,
horas y segundos de felicidad. En un torvellino de sensaciones,
de aromas y de tactos; entre caricias y miradas, entre sonrisas
picaras y pensamientos enfrentados. Se nos pasó una vida y todo
sin a penas darnos cuenta.
Y todos los recuerdos ya no son más que voces perdidas entre las
escenas de una película antigua, imagenes gastadas por el tiempo,
que se suceden y se sobreponen en un laberinto de recuerdos.
Palabras susurradas que hoy arden como el papel; palabras amarillentas
y gastadas. Y se nos pasó la vida... Gota tras gota, con el suave palpitar
de las nubes de algodon, nuestros días se perdieron en el aire; demasiado
ligeros; demasiado azules; demasiado hermosos. Como las hojas de otoño
que danzan con el viento, así mismo se agoto nuestro tiempo en lo que dura
un bals. Mi vestido azul ondeando al viento, y tus brazos sobre mi cintura bajo
un aterciopelado cielo moteado de perlas. Y aquella noche y todas las demas, se nos pasó la vida. ~
horas y segundos de felicidad. En un torvellino de sensaciones,
de aromas y de tactos; entre caricias y miradas, entre sonrisas
picaras y pensamientos enfrentados. Se nos pasó una vida y todo
sin a penas darnos cuenta.
Y todos los recuerdos ya no son más que voces perdidas entre las
escenas de una película antigua, imagenes gastadas por el tiempo,
que se suceden y se sobreponen en un laberinto de recuerdos.
Palabras susurradas que hoy arden como el papel; palabras amarillentas
y gastadas. Y se nos pasó la vida... Gota tras gota, con el suave palpitar
de las nubes de algodon, nuestros días se perdieron en el aire; demasiado
ligeros; demasiado azules; demasiado hermosos. Como las hojas de otoño
que danzan con el viento, así mismo se agoto nuestro tiempo en lo que dura
un bals. Mi vestido azul ondeando al viento, y tus brazos sobre mi cintura bajo
un aterciopelado cielo moteado de perlas. Y aquella noche y todas las demas, se nos pasó la vida. ~
martes, 9 de febrero de 2010
Como una hoja arrastrada por el viento, Itaya camina por la roja arena del desierto. El viento arido le azota la cara, y el sol abrasa cada ápize de su extenuado cuerpo. Siente como las fuerzas la abandonan poco a poco, siente como va perdiendo el control de sus miembros y como estos se rinden, impotentes, ante la fátiga. Siente como va muriendo todo a su alrededor. Sus ojos ya no son mas que dos finas ranuras de cartón impregnadas de polvo rojizo. Su boca ha exalado el último soplo de vida; la última gota de agua. Sus ropas tiesas han perdido todo color. Ahora no son mas que arapos ajados. Pero en medio de este infierno, Itaya aún recuerda. En su mente se dibujan los susuros y las sombras de antaño. Todo parece tan lejano... Tan lejano como el imenso horizonte de fuego que se alza a lo lejos. Itaya tiene miedo, esta abatida y confusa, lloraria de pena si aún le quedara una ultima lágrima y venderia su alma por un poco de sosiego. Pero antes incluso de caer, Itaya se levanta y desafiante muestra su cara al mundo. Porque a Itaya aún le queda una última cosa por la que luchar...
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